Sunday, March 18, 2012

Onfray presenta su erótica



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Michel Onfray presenta La preocupación de los placeres -texto no editado en español. Podemos encontrar un desarrollo de ideas similares en Teoría del cuerpo enamorado, donde el filósofo presenta su erótica solar, es decir, un erotismo liberado de la culpabilidad judeocristiana -que solo alentó la misoginia (las mujeres condenadas a ser solo madres, codificar su deseo y dejar de lado su sensualidad), el cuerpo odiado y desgarrado y el dolor. Dentro de su visión también coloca a pensadores como Sade y Bataille, que apuntalan una erótica del dolor. Contrariamente a ello, Onfray propone una erótica libertina, libertaria, lúdica, tierna, feminista, amorosa, elegante, celebratoria, heredera de las tradiciones chinas, indias, nepalesas, japonesas, pero también griega, romana y provenzal. Es decir, una erótica poscristiana y del contrato de pares iguales: hombre y mujer con el mismo derecho al gozo.

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Thursday, March 15, 2012

Charla en el CCEBA, cuerpo y violencia



Video streaming by Ustream

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Aquí pueden ver la charla pública en el marco del ciclo "La lectura violenta" del CCEBA, donde pensamos el tema del cuerpo y la violencia en Echeverría y Sarmiento. Roberto Echavarren disertó sobre Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher.

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Monday, March 12, 2012

Cata de Ideas en la Comunidad

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A partir de marzo abrimos la temporada de las Catas de Ideas desde La Comunidad de Barracas. Será una charla de filosofía hedonista -el placer y los malos entendidos- junto a vinos y cosas muy ricas para comer. Están todos invitados. Para consultas o reservar su lugar contactar a los mails o teléfonos que están en el flyer. ¡Los espero!

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On the Road, trailer

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El flamante trailer de On the Road, la adaptación de Walter Salles de la novela de Kerouac.

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Sunday, March 11, 2012

La banalidad del mal, sobre Almirante Cero


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(Artículo publicado en el Suplemento de Cultura de Perfil del 11 de Marzo de 2012)

“Su destino real, como el de los muchos secuestradores, torturadores y asesinos a los que había dado órdenes, sólo hubiera podido resultar, si la justicia poética tuviera facultades ejecutivas, el de escuchar para siempre los gritos de todos los que habían muerto bajo sus manos. Sin embargo, en la práctica, todos ellos meramente se disolvían en la vida de todos los días, en la cotidianidad más básica y –en el fondo- en la pura fisiología. Se volvían, de pronto, hombres auténticamente más sólos y anónimos, y en ese permanecer en la prisión perpetua de su propia historia puede residir el involuntario y terrible castigo simbólico al que los condenó el indulto de Menem”, dice Claudio Uriarte en Almirante Cero: obra maestra que puede reversarse como un Facundo sarmientino: una mirada tan lúcida como detallada. “Les robé a todos” dijo el autor, para responder a la ausencia de citas.

Almirante Cero, como todo gran libro, puede ser leído en muchas claves. A veces lo más propio es negar lo mostrado: no es un libro de investigación periodística. Almirante Cero es una novela histórica, pero también una biografía que dibuja el contorno de un individuo cuyo poder extremo al interior de su institución –la Armada- fue proporcional a su impericia e incapacidad para construir un proyecto político. Debilidad externa marcada por el signo de su procedencia: la marina aristocratizante y antiperonista.

Almirante Cero, como bien señala Alejandro Horowicz en el prólogo a la reciente reedición, no es “la peripecia personal de un marino amoral”, sino la historia del Proceso. Historia narrada con extremo rigor y esteticismo: historia de espanto irónico, que no oculta asco y risa por igual. La pluma de Uriarte deja en evidencia su refinamiento y extrema erudición, cierto talante burlón al retratar su “Quiroga” como un individuo en búsqueda de un poder a veces en situaciones absurdas y despreciables: un arribista, megalómano y miserable no exento de inteligencia y agudeza. Uriarte describe a Massera –“el negro”- como un transgresor constante, alguien en fuga perpetua: un marino que se parecía a un militar, pero, a la vez, un militar con alta dosis de intelectualidad evidente. No ocultable, sino todo lo contrario, es su vida íntima: su aspecto moreno, cetrino –sus baños de sol- su afición al whisky con salamines, sus affaires con Graciela Alfano y Martha Lynch, su machismo rudimentario, su don de latin lover, se resumía en la frase dicha por uno de sus allegados: “El poder es en él un instinto sexual”. Quizá ese poder libidinal lo haya colocado en un lugar diferencial de sus otros adláteres: el militante católico de Videla –que carecía por completo de ambiciones políticas personales- o la ebriedad de Galtieri.

¿Y cero? La pluralidad de sentidos la marca Uriarte como signo de sus cualidades: es nulidad, vacío, supresión, clandestinidad y negación. Pero su otro apodo -“negro”- es ausencia de color. Cero y negro, nombres de guerra de Massera, operaban como muestra de su ilegalidad permanente. Cero era el Almirante que hacía de la ilegalidad su obra de espanto. Efectivamente, marca Uriarte, la dialectica “legalidad e ilegalidad” representa el punto ciego de la trayectoria de Massera en su búsqueda del proyecto político propio.

A través de Convicción –diario y boletín político del masserismo dirigido por Hugo Ezequiel Lezama- su instaban a ciertas fórmulas de alguna filosofía pedestre: “la guerra entre el materialismo dialéctico y el humanismo idealista”, por ejemplo. El objetivo político de Massera se comenzó a evidenciar en 1978 –ya con la masacre terminada- dónde los contactos Marina-Montoneros se hacen más asiduos. Massera pretendería quitarse su mote de “gorila” y peronizar su movimiento. Secretamente, envidiaba a Perón. Para ello, Convicción operó como plataforma política para el lanzamiento de su carrera. Diario definido como de “extremo centro”, empleaba a un nutrido grupo de periodistas de izquierda. Pero la “moderación” de Massera se dio de forma simultánea con sus ataques a la política económica de Martínez de Hoz, y ya para 1979 se encaminaba hacia un enfrentamiento directo contra Videla y Viola.

El retorno de la democracia con el alfonsinismo no genera sino más desprecio en Massera que, desde sus oficinas de la calle Cerrito, veía al radicalismo como un partido de un provincialismo mediocre, de abogados y clase media. Massera era el “vivo”, el cínico, el que fumaba abajo del agua. La pluma de Uriarte marca esa tensión –ilegal/legal- como su matriz: fue un hombre inteligente y pleno de recursos en la política de la segunda mitad del siglo XX pero atado de pies y manos por pertenecer a la Marina, arma minoritaria, elitista y antiperonista. Massera como militar en actividad fue un político de fuste, sin embargo, al descender al llano, sólo fue un mediocre que tenía una mirada anacrónica del poder. Tal vez sea propicio traer a colación la expresión “banalidad del mal” de Hannah Arendt. El castigo de la intrascendencia que todo perverso jamás hubiera querido.

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Wednesday, March 07, 2012

Jazmín, intempestiva del Sur



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A tu alrededor no hay humildad,
la Venus es caricatura
Babasónicos, Putita



Me veo en un enclave del sur del conurbano de pibe y no tanto -Lanús, para ser exactos- que está atravesado por figuras diversas de barrios propios y lindantes: Lomas de Zamora, Banfield, Adrogué, otros, hasta llegar a Cañuelas e incluso Alejandro Korn -un ilustre padre la de la filosofía vernácula, de casualidad propicia. Jazmín De Grazia quizá haya sido un exponente de la belleza y la lucidez libidinal libre del sur: una chica de Temperley (las conchetas del sur son muy diferentes de las conchetas del norte). Cierto barral: el sur tiene barro. Es neobarroco y neobarroso, perlongherianamente. Jazmín tenía esa cosa de pibito, hincha de Los Andes -que lo era, y orgullosa. Una mina preciosa por donde se la viera que, sin embargo, respiraba calle y adoquín. Es claro: el adoquín de los barrios del sur -las zonas más residenciales, más para abajo- tiene musgo y verdín, ese sedimento mugriento y verdolaga que se pega. Es el agua podrida del sur, quizá de todos lados, pero para mis ojos de niño siempre fue del sur. Y en la arteria -Pavón o Hipólito Yrigoyen-, se huele también con garrapiñadas quemadas. El sur es lumpen -el norte, no, tiene villas directo. El oeste, no sé, no conozco tanto. El lumpenaje del sur permite que un groncho se cruce con minas increíbles hijas de ingleses, escoceses o alemanes de Adrogué -símiles de Jazmín, que no era sajona, precisamente. Ese melting pot, esa ensalada, destila ciertas radiaciones -o ethos, es decir, estilos de vida, muy propios de allí.

Ezequiel Martínez Estrada, el Thoreau de Bahía Blanca, clasificaría, en su sociología de las pampas y Goliat, los tipos del sur -el guarango sería nuestro groncho o cabeza. El sur es lisérgico a la vez que mersa, volado, y con tracción a quema y mataderos: mucha chatarrería del ferrocarril que fuera de los ingleses queda en la marca. Los materiales del sur son densos y fuertes, por eso los individuos que emergemos de esa zona alcanzamos cierto refinamiento y sofisticación que comulga, sin repelerse, con cierta fiereza, brutalidad psicodélica: Symns, Cippolini, Babasónicos, tres de ellos. El sur tiene el cuerpo muy presente y es más interclase que otras zonas. Caminar por una calle de Lanús oeste o Banfield implica cierto mimetismo incipiente. Hay una peronización en el sur que es notoria, pero López Murphy -que vive en Adrogué- o Borges -que tenía su casa de fin de semana en el mismo lugar- logran lo paradojal: generamos anticuerpos directos de gorilismo furibundo. Cortázar vivió en Banfield y tendría más puntos en común con Sandro -de Valentín Alsina- de los que muchos sospechan.

Digámoslo: el sur no se lleva bien con el realismo. No. En el sur somos trágicos y antirealistas. Una combinación única, rara. Somos pulsionales -bueno: Cerdos & peces- y refinados conceptualmente. Jazmín resumía eso en sus intervenciones televisivas explosivas, sensuales, sugerentes, vitalistas, pero también melancólicas. Jazmín, de alguna manera, encarnó y quizá encarne, el prototipo de la chica del sur del conurbano. ¿Un ícono? Sí. En algún sentido, toda constitución de una mitología contemporánea tiene algo de arbitrario, faccioso y beligerante, -ella lo era-: cocinar en el presente, como pensar, requieren de lo posible y el error. Honestidad y belleza. Furia y clase. Moda y calle. Y también libros. Jazmín no era solo una modelo: una venusina nietzscheana -sin sospecharlo- que se dejaba ser más: Afrodita, de a ratos. En el sur también hay elementos demenciales: el azufre -recuerdo una fábrica, a pocas cuadras de mi casa. La invención arltiana tenía un terreno fértil en Remedios de Escalada, apéndice gris de Lanús. Esa reelaboración constante, y podríamos decir reinvención, tenía en Jazmín una bomba perfecta. Una belleza que lastimaba y una lengua que destritapaba.

Quizá mi reencuentro con un linaje personal, me lleve hacia esos ámbitos de nuevo: un niño feliz y solo en su cuarto -juego y erotismo, mientras veía las secretarias de Tato en patines y tenía erecciones inesperadas. Pero es un rasgo inolvidable que llevamos los que transitamos por pavimento, adoquín y fabricas abandonadas: Hugo Mujica, nacido en Avenalleda, también lleva ese existencialismo sureño que se identifica. Yo, como beatnik forzado, hedonista libertario, anarquista comunitario, lo veo. Y en Jazmín -homenaje y hermosura de mis pagos- deviene este ensayismo a lo aguafuerte; de modo que el discurrir de flaneur sea solo un tibio relucir de esos ojos que bien podrían cantar una banda aun no descubierta de la movida sónica de los noventas: nuestra música. Quienes venimos del sur nos reconocemos en vos. Salud, rubia, te lo merecés. Sos el orgullo del gronchaje lisérgico, del dandismo lumpen, cruzando el Riachuelo, y más allá: una intempestiva del sur.

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