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(Artículo publicado en el Suplemento Cultura del Diario Perfil del 24 de junio de 2012)
Al intentar colocar un libro como Retromanía
de Simon Reynolds en determinado estante siempre arbitrario, podemos definirlo
como un texto con cierta ambición desmedida parcialmente cumplida y articulada
en grandes partes con otras ciertamente irrelevantes. A diferencia de otros
teóricos del rock y la cultura pop, como Greil Marcus o Diedrich Diederichsen,
Reynolds carece de la ampulosidad y la meticulosidad de un arquéologo o un topo
de esta tradición embebida con reflexiones de índole filosófica, estética,
historiográfica o antropológica, como en los casos anteriores, que ‘llegan’ al
rock desde la academia o la reflexión sistemática. Sin embargo, esa libertad
respecto de conceptualidades más agudas, torna a Reynolds más libre y se centra
en rendir tributo a lo que verdaderamente sabe y puede hacer: su conciencia de
ser un crítico de rock y pop (y de los mejores), y partir desde allí para dar
cuenta de ciertos cambios en esta arena en los últimos años.
Articulado en tres partes
(Ahora, antes y mañana), Retromanía
puede leerse como una suerte intento de reflexión sistemática sobre el rock y
el pop de la primera década del siglo XXI. Los 2000, según Reynolds, estuvieron
dominados por el prefijo ‘re’: reinvenciones, revivals, remakes,
retrospectivas. Lo retro, de este modo, tendrá en esta escena un territorio que
revela la autoconciencia de la estilización de un período de la cita y el
pastiche. Quizá un reenvío a los años 90, donde la referencia fue reina y madre.
De los remixes y mash ups de Youtube a la música autogestionada desde MySpace y
Spotify, el dispostivo de MP3, pasando por el mecanismo del shuffle (la selección aleatoria de las
canciones), pero llegando al ocaso del coleccionismo de discos y el sampleo
como norma, todo resulta ser objeto de análisis por parte de Reynolds, que en
sus momentos más logrados emula cierta vocación heredada de Walter Benjamin, al
tratar de querer extirpar y reencontrar el sentido perdido a través de obras de
la cultura de masas: cadáveres exquisitos y referencias de erudición inútil y
masiva. El prodigioso conocimiento de Reynolds de la historia de la música pop
no es solo exhibicionismo y name dropping (del cuál hace una obra maestra) sino
inteligencia y lucidez para poder constituir con todo ese bagaje una reflexión
consistente que excede su mismo objeto y arribar a cierta abstracción en
referencia a la noción misma de ‘tiempo’: lo retro, lo vintage, el pasado, el
fantasma, lo pasado en el presente. El pensamiento de Reynolds alcanza sutileza
al marcar la inautenticidad del ‘origen’ del rock, y específicamente del punk
rock, del cual cierta vulgata ha hecho gala de una hipotética vuelta a lo
primitivo. Actitud que estaba siendo capitaneada y gestionada por Malcom
McLaren, manager de los Sex Pistols, diseñador y publicista: 'Cabe señalar que
los aspectos no sonoros del punk fueron más cruciales que la música misma. La
imagen de Patti Smith -andrógina, distante, cool-, fue probablemente más
influyente que su música o sus letras estilo poeta beatnik, e inspiró una corriente de ideas feministas. La actitud, la persona
y los gustos de Johnny Rotten abrieron más posibilidades que el sonido de los
Sex Pistols, por muy poderoso que fuera. McLaren aportó conceptos
situacionistas, pero su desdén por la musicalidad fomentó la idea de
incompetencia como virtud y contribuyó a la cultura del do it yourself’.
Hay algo interesante en la hipótesis del autor que se basa en cierta
temporalidad creativa referente a las cadencias del pop: décadas efervescentes
como los sesenta y noventa versus décadas estancadas como los setenta y los
dosmil. Pareciera que esta explosividad se caracteriza por la aparición de
subculturas y de un impulso vital que implica un ir hacia adelante con
determinada finalidad. Precisamente, a la primera década del siglo XXI le
faltaron movimientos, de allí la sensación de desaceleración y ser leído todo
en términos de producción y, sobre todo, posproducción. La sobreoferta vía la web
y el reciclaje de tendencias de movidas pasadas a través de figuras como The
White Stripes, Lady Gaga o LCD Soundsystem también implicó la caída de la
cultura DJ, tan incipiente e imperativa hacia fines de los 90s.
Simon Reynolds planteará quizá al modo irónico un modelo curatorial
heredero de la ‘hauntología’, concepto tomado de la filosofía de Jacques
Derrida: esto es, dar cuenta del presente solo con respecto al pasado, de allí
la remisión perpetua a la tradición pop para explicar lo que hoy sucede. Esta
espectralidad del pop quizá sea lo más sintomático que marque Reynolds: durante
la primera década del 2000 vivimos ‘escuchando’ espectros, tal como los vemos
en la incandescente tapa que ilustra el libro: un Michael Jackson en versión de
muñeco, en posiciones diversas, asistiendo a permanentes reversiones. El
espectro y el holograma –volver a traer a la vida a los idos- es un rasgo
pertinente y propicio de la cultura pop que nos atraviesa estos tiempos.
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