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(Publicado en el Suplemento Cultura del Diario Perfil del 18 de Diciembre de 2011)
“El dandi crea su propia unidad por medios estéticos”, señala Albert Camus en El hombre rebelde. En Cielo dandi, antología sobre la poética del estilo en América Latina realizada por Juan Pablo Sutherland, se pone el foco en nuestro continente. ¿Cómo y cuál es el dandismo latinoamericano? ¿Qué figuras recorta? El arte andrógino de Roberto Echavarren es un notable y atinado disparador. Carlos Monsiváis, Pedro Lemebel y Salvador Novo –sobre todo- son una tríada inexorable para la reflexión. Pero para ello debemos retroceder a Rubén Darío, y su escrito sobre Aubrey Beardsley.
La pregunta por el dandismo en América Latina tiene como respuesta posible la antología de Sutherland. El interrogante recurrente ¿qué es un dandi?, tiene en Oscar Wilde una certeza: “la producción de la propia vida como obra de arte”. El dandismo iniciático de George Brian Brummel (1778-1840) marca el signo: plebeyo, hijo de un simple burgués y mirada con desprecio hacia la corte y la nobleza. El dandismo de Brummel es el de todo dandi, y de los latinoamericanos también: la soledad y la pobreza de sus últimos días en una pensión de Caen (Francia), fuera de Inglaterra, es un síntoma de ello –J.A Barbey D’Aurevilly lo retrata con su biógrafo, el Capitán William Jesse. El malentendido básico: la riqueza del dandismo son los propios individuos que se esculpen a sí mismos. El desprecio al dinero va de suyo con la alabanza de la belleza: el ocio, la creación, el placer. Los labores “contra-productivos” del dandi van en franco desprecio del trabajo en cadena. El dandi no produce para otro ni para su norma: se produce a sí mismo. Baudelaire le otorgará la bohemia y el anarquismo a la elegancia dilecta brummeliana.
¿Y América Latina? José Carlos Mariátegui, gran filósofo peruano, fue un dandi y empleó un seudónimo: Juan Croniquer. Mariátegui, reconocido por su compleja –y tal vez imposible- síntesis de marxismo e indigenismo, en sus años mozos fue un decadentista de nota: “El dandi denuncia la ilusión del individuo y sustituye el contrato social por el contrato hedonista”. Nuestros dandis latinoamericanos están signados por la pluma: Rubén Darío, Joaquín Edwards Bello, Salvador Novo, Julio Herrera y Reissing, pero también féminas: Teresa Wilms Montt, Delmira Agustini, Eduarda Mansilla y Mariquita Sánchez. La mujer dandi es culta, cosmopolita –escritora o pintora- aristócrata desclasada y desengañada. La mujer que el dandi ama es como él: libertina, libertaria, fetichista y feminista. Ello lo podemos ver en tres variaciones o reversiones donde ésta es representada estéticamente: la femme fatale, la andrógina -o incluso lesbiana- y la puta. La mujer del dandi reivindica su soledad: antítesis de la mujer "natural" y biológica.
El dandismo signado en América Latina responde a las mismas claves que el dandismo europeo –inglés, francés. En ese aspecto, persigue lo “masculino problematizado”, puesto en cuestión. El caso de Mariátegui, bajo el seudónimo de Croniquer, es evidente: su conversión del dandismo inicial en su Lima natal al marxismo potente e incaico. Tal vez lo que Silvia Molloy llamó “la política de la pose” en esta relación sea la exhibición de esta alternancia de lo alto y bajo, la civilización y barbarie de Sarmiento que articula la reflexión latinoamericana. La pose del “bajo” para criticar al “alto”. Lo lumpen que obtura mediante la producción de sí mismo –del ocio, del placer, de la estética de la existencia. Revolución –si cabe esta palabra- individual, o resistencia estética y desde la forma literaria.
Sobre Arturo Jacinto Álvarez (Arturito) –dandi porteño de los 20’s- dice María Moreno que vivía en el Hotel Crillon: era el lugar, mejor que el Plaza. Pero también Federico Manuel Peralta Ramos –patafísico y “filósofo callejero y peripatético”- inventó la religión “gánica”: hacer lo que uno siempre quiere. Peralta Ramos, suerte de Duchamp de Florida y Paraguay, a principios de 1970 grabó un disco llamado “Soy un pedazo de atmósfera” producido por Francis Smith. De allí a la televisión con Tato Bores –otro ejemplar avant la lettre del dandismo vernáculo. De la Lima de Mariátegui al D.F. de Novo, o el Buenos Aires de Mariquita Sánchez y Lucio V. Mansilla, el dandismo latinoamericano tiene la marca del decadentismo.
Quizá el rasgo más complejo de la “traducción” de esta institución europea en América Latina sea la masculinidad en crisis. Más aún que en Europa, el sesgo machista lleva, paradójicamente, a cierto travestismo fascinado –presente en Novo, Lemebel, Sarduy, Lamborghini, Perlongher, Copi. El propio Darío –París, 1900- lo marca: “Al entrar ya se ve uno que otro travesti, desde el arcabucero o el lancero que se pasean ante los portales hasta las vendedoras de chucherías que tras los mostradores y las mesitas erigen en las graciosas cabezas el alto gorro picudo”. El cielo del dandismo latinoamericano se desprende de la nube europea, como la civilización deja traslucir la barbarie: la afectación desgarra esa escisión.
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(Publicado en el Suplemento Cultura del Diario Perfil del 18 de Diciembre de 2011)
“El dandi crea su propia unidad por medios estéticos”, señala Albert Camus en El hombre rebelde. En Cielo dandi, antología sobre la poética del estilo en América Latina realizada por Juan Pablo Sutherland, se pone el foco en nuestro continente. ¿Cómo y cuál es el dandismo latinoamericano? ¿Qué figuras recorta? El arte andrógino de Roberto Echavarren es un notable y atinado disparador. Carlos Monsiváis, Pedro Lemebel y Salvador Novo –sobre todo- son una tríada inexorable para la reflexión. Pero para ello debemos retroceder a Rubén Darío, y su escrito sobre Aubrey Beardsley.
La pregunta por el dandismo en América Latina tiene como respuesta posible la antología de Sutherland. El interrogante recurrente ¿qué es un dandi?, tiene en Oscar Wilde una certeza: “la producción de la propia vida como obra de arte”. El dandismo iniciático de George Brian Brummel (1778-1840) marca el signo: plebeyo, hijo de un simple burgués y mirada con desprecio hacia la corte y la nobleza. El dandismo de Brummel es el de todo dandi, y de los latinoamericanos también: la soledad y la pobreza de sus últimos días en una pensión de Caen (Francia), fuera de Inglaterra, es un síntoma de ello –J.A Barbey D’Aurevilly lo retrata con su biógrafo, el Capitán William Jesse. El malentendido básico: la riqueza del dandismo son los propios individuos que se esculpen a sí mismos. El desprecio al dinero va de suyo con la alabanza de la belleza: el ocio, la creación, el placer. Los labores “contra-productivos” del dandi van en franco desprecio del trabajo en cadena. El dandi no produce para otro ni para su norma: se produce a sí mismo. Baudelaire le otorgará la bohemia y el anarquismo a la elegancia dilecta brummeliana.
¿Y América Latina? José Carlos Mariátegui, gran filósofo peruano, fue un dandi y empleó un seudónimo: Juan Croniquer. Mariátegui, reconocido por su compleja –y tal vez imposible- síntesis de marxismo e indigenismo, en sus años mozos fue un decadentista de nota: “El dandi denuncia la ilusión del individuo y sustituye el contrato social por el contrato hedonista”. Nuestros dandis latinoamericanos están signados por la pluma: Rubén Darío, Joaquín Edwards Bello, Salvador Novo, Julio Herrera y Reissing, pero también féminas: Teresa Wilms Montt, Delmira Agustini, Eduarda Mansilla y Mariquita Sánchez. La mujer dandi es culta, cosmopolita –escritora o pintora- aristócrata desclasada y desengañada. La mujer que el dandi ama es como él: libertina, libertaria, fetichista y feminista. Ello lo podemos ver en tres variaciones o reversiones donde ésta es representada estéticamente: la femme fatale, la andrógina -o incluso lesbiana- y la puta. La mujer del dandi reivindica su soledad: antítesis de la mujer "natural" y biológica.
El dandismo signado en América Latina responde a las mismas claves que el dandismo europeo –inglés, francés. En ese aspecto, persigue lo “masculino problematizado”, puesto en cuestión. El caso de Mariátegui, bajo el seudónimo de Croniquer, es evidente: su conversión del dandismo inicial en su Lima natal al marxismo potente e incaico. Tal vez lo que Silvia Molloy llamó “la política de la pose” en esta relación sea la exhibición de esta alternancia de lo alto y bajo, la civilización y barbarie de Sarmiento que articula la reflexión latinoamericana. La pose del “bajo” para criticar al “alto”. Lo lumpen que obtura mediante la producción de sí mismo –del ocio, del placer, de la estética de la existencia. Revolución –si cabe esta palabra- individual, o resistencia estética y desde la forma literaria.
Sobre Arturo Jacinto Álvarez (Arturito) –dandi porteño de los 20’s- dice María Moreno que vivía en el Hotel Crillon: era el lugar, mejor que el Plaza. Pero también Federico Manuel Peralta Ramos –patafísico y “filósofo callejero y peripatético”- inventó la religión “gánica”: hacer lo que uno siempre quiere. Peralta Ramos, suerte de Duchamp de Florida y Paraguay, a principios de 1970 grabó un disco llamado “Soy un pedazo de atmósfera” producido por Francis Smith. De allí a la televisión con Tato Bores –otro ejemplar avant la lettre del dandismo vernáculo. De la Lima de Mariátegui al D.F. de Novo, o el Buenos Aires de Mariquita Sánchez y Lucio V. Mansilla, el dandismo latinoamericano tiene la marca del decadentismo.
Quizá el rasgo más complejo de la “traducción” de esta institución europea en América Latina sea la masculinidad en crisis. Más aún que en Europa, el sesgo machista lleva, paradójicamente, a cierto travestismo fascinado –presente en Novo, Lemebel, Sarduy, Lamborghini, Perlongher, Copi. El propio Darío –París, 1900- lo marca: “Al entrar ya se ve uno que otro travesti, desde el arcabucero o el lancero que se pasean ante los portales hasta las vendedoras de chucherías que tras los mostradores y las mesitas erigen en las graciosas cabezas el alto gorro picudo”. El cielo del dandismo latinoamericano se desprende de la nube europea, como la civilización deja traslucir la barbarie: la afectación desgarra esa escisión.
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