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El apriori del pensamiento argentino. El apriori, las condiciones de posibilidad del pensamiento o la filosofía argentina, es muy claro al estudiar a nuestros dos filósofos fundamentales del siglo XIX y el siglo XX: Domingo Faustino Sarmiento y Ezequiel Martínez Estrada, respectivamente. Las condiciones de nuestro pensamiento vienen de dos puntos: 1) la fisonomía y las características del territorio argentino: la extensión, despoblación y soledad, 2) el personaje emergente de ese territorio: el caudillo. Hay una lógica nietzscheana -Estrada escribió un eximio ensayo sobre Nietzsche- donde se pone en evidencia un escenario, un teatro, y un personaje. Son, también hay que decirlo, las propias vidas de Sarmiento y Martínez Estrada las que estructuran sus pensamientos: la pulsión, el temperamento y la locura sarmientina y el padecimiento de neurodermatitis de Martínez Estrada. Nuestro apriori -el caos, la extensión y la soledad- la barbarie como el disparador de la búsqueda civilizatoria que nunca se resuelve. No son, nunca fueron dos proyectos, sino el mismo y simultáneo, de allí nuestras categorías
¿Por qué es difícil unir el pensamiento argentino y el hedonismo? Porqué nuestra tradición es autoritaria -caudillesca- y el hedonismo requiere, como condición, la autonomía, el autogobierno. Una ética hedonista siempre va de la mano de una política liberal o libertaria. Como bien señalaba Juan Bautista Alberdi: "los argentinos tenemos libertad exterior -independencia- pero no libertad interior -moral, autonomía". Al no ser moralmente libres y precisar de Libertadores -San Martín o Bolívar- y luego caudillos, jefes o duces, nos resulta difícil gozar el placer del vivir con autonomía: es percibido como insultante o impropio con respecto al pater familias. Fue el mito de la espada -la violencia- y del Libertador -el caudillo- lo que forjó la identidad latinoamericana y argentina en particular. Siempre es otro quien nos da la libertad exterior, nos la regala; no la conquistamos ni la construimos cada uno de nosotros. En rigor, España ya para el siglo XIX estaba en franca decadencia imperial, frente a Inglaterra y Francia. Por lo tanto, lo que libertaron San Martín y Bolívar fue algo que sucedería por decantación y la espada no fue liminar. Esa conciencia que nos regala la libertad exterior, nos hace sentir deudas con ellos, como padres fundadores. En Estados Unidos, por ejemplo, no hay libertadores. George Washington es el primer hombre libre estadounidense, no un libertador, es un par, un ciudadano, no un caudillo. Una clave reposa en que la tradición de conquista en América del Norte fue distinta a América del Sur: los ingleses, holandeses y franceses no habían declarado que todo le pertenecía a sus coronas, sino que los primeros que llegaban se hacían de la tierra -era "Tierra de Nadie". En Sudamérica, los españoles y portugueses declararon que la tierra era toda del rey antes de ser descubierta. Y pasamos del Rey al virrey, y de allí al libertador y el caudillo. Esa figura es inaugural conceptualmente en Argentina. Es constitutiva de nuestro modo de vivir y de nuestro pensamiento. Alberdi creía que se podía extirpar con inmigrantes del norte y formando su autonomía moral, Sarmiento era más pragmático y no despreciaba lo latino constitutivo, por eso proponía hacer escuelas. Alberdi prefería un campesino analfabeto pero libre moralmente, Sarmiento un abogado hijo de analfabetos que viviera del Estado. Sarmiento triunfó conceptualmente porque comprendió esa lógica que definió como "civilización y barbarie". Un detalle no menor es la Y. Nunca fue "cilivización O barbarie". No hay disyunción, hay conjunción; lógicamente, el pensamiento sarmientino da cuenta que la barbarie es inextirpable, es propia de nuestra realidad.
Hedonismo y caudillismo. En Sudamérica se ve como "ofensivo" o provocador al hedonismo porque desafía esa matriz fundadora caudillesca: el tutor o tirano que "nos da la autonomía" de la propia forma. Como diría Foucault: nos resulta difícil pensar el gobierno de sí, preferimos el gobierno de los otros. Por ello, toda resistencia al caudillismo -Rosas, Perón o Kirchner- es vista por cierto populismo como un elogio de la dependencia cuando es lo contrario: búsqueda de gobierno de sí. La mejor forma del hedonismo argentino -la única viable- es aquella que interioriza e incorpora la barbarie combatida en la autonomía -la civilización. Nuestro hedonismo será bárbaro o no será. El placer que domina en Argentina se ve en la literatura de Osvaldo Lamborghini: un hedonismo sodomita y alcohólico. Heredero de Sade y Bataille. Ser liberales en lo político y dictatoriales en el placer. El placer como hecho violento es presentado en Lamborghini -que era peronista- así, precisamente, por su espíritu transgresor -del tutor o caudillo de turno. Se vive con temor. Se ejerce la autonomía o el gobierno de sí con miedo. Ese hedonismo plebeyo incorpora el caudillismo en la autonomía -rompe la dicotomía sarmientina que inaugura el pensamiento argentino. El mito de la espada se suma a la carne. Por ello, nuestro hedonismo es bajo, vulgar, orillero, y esculpe una estética neobarroca, del exceso, la disonancia y la ambigüedad. Un hedonismo sádico y fetichista: desde Copi a las vedettes, desde el Di Tella a la cocina del Gato Dumas.
Barbarie en la civilización. Nuestro hedonismo, entonces, es dependiente moralmente de un tutor, de un libertador o caudillo. Por ello se vive de forma oscura, violenta y excesiva. Un hedonismo sin autorización y transgresivo. ¿Un hedonismo caudillista? Sí, en cierto sentido. Un hedonismo feroz, más proveniente de Arístipo de Cirene que de Epicuro. Es la soledad del gaucho en la extensión la que genera el frenesí sexual y la embriaguez. Ni erótica solar ni gastronomía. Después de todo, la literatura argentina -El matadero de Esteban Echeverría- comienza con una violación. Nuestra vivencia del placer va unida a la violencia y el exceso desde ese texto, escrito entre 1839 y 1840.
Sarmientismo y hedonismo. El Facundo es la autobiografía del propio Sarmiento. Como bien marca Martínez Estrada: las dos categorías que fundan nuestra filosofía -civilización y barbarie- expresan la propia personaldiad del intelectual cuyano. Sarmiento fue la Argentina misma: extranjero en su propio país, argentino en el exterior, provinciano en Buenos Aires, porteño en las provincias, cuerdo y honesto frente al poder, loco frente a los hechos y el atraso. Autodidacta, viajero desmesurado por Estados Unidos -donde veía el futuro, en contraposición del atraso de Europa-, con un hogar disuelto, vínculos poco profundos, pasional y Presidente. Crear un pensamiento hedonista argentino requiere pensar a Sarmiento, pero sobre todo, deconstruir sus categorías.
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