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(Artículo publicado en el Suplemento Cultura de Perfil del 24 de julio de 2011)
Jean Meslier nació el 15 de enero de 1664 en Mazerny. Fue un cura que vivió de los ingresos de dos parroquias y de la renta de una parcela de tierra. Amaba a la gente de su pueblo y su vida transcurría entre la modestia y la simplicidad. Sin embargo, al margen de las tareas asignadas por la parroquia, meditaba, pensaba y escribía. Dentro de sus autores predilectos se encontraba Montaigne. Claramente, la vida de Meslier no presenta brillos ni eventos especiales: fue un simple cura francés del siglo XVII. Pero su singularidad reposa en lo que podríamos llamar, tal como lo hace Michel Onfray –quien lo rescata de cierto olvido-: su bomba filosófica. Porque Meslier escribe a mano y con pluma de oca durante diez años ininterrumpidos un texto que el tiempo dio en llamar Testamento de un cura ateo, y que recién vio la luz a su muerte en 1729. El testamento de Meslier, pasados los siglos, fue reivindicado por los pensadores ilustrados, tal es así que Voltaire compra el ejemplar y hace una edición compilada del voluminoso libro de más de trescientes sesenta y seis páginas. Lo mismo sucederá con otros filósofos del siglo XVIII como La Mettire, Helvecio y D’Holbach que lo leerán y emplearán en sus desarrollos filosóficos.
Jean Meslier se formó en la filosofía cartesiana, y algunos señalan que esa lectura combinada con su fascinación por los Ensayos de Montaigne originaron este testamento. Sucintamente, el testamento de Meslier provee en ochenta y siete capítulos, y con una escritura barroca propia de su siglo, ocho pruebas que demuestran la falsedad de la religión cristiana: la prueba de la vanidad y falsedad de las religiones, la fé que entra en contradicción con la razón iluminista, las visiones proféticas como locuras, las profecías que nunca se cumplen, la contradicción cristiana frente a todo lo que enseña la naturaleza, la complicidad del cristianismo con las tiranías políticas, el ateísmo como una idea antiquísima del mundo y, por último, la mortalidad del alma, tan antigua como el ateísmo. De alguna manera, con sus herramientas conceptuales pobres –su biblioteca y acceso al conocimiento limitado- el texto de Meslier puede verse como la primera gran obra que postula el ateísmo en la historia del pensamiento. Difiere de las aproximaciones anteriores –Epicuro, Lucrecio o Spinoza-, que de alguna manera plantean la presencia de los dioses o lo divino a través de diferentes manifestaciones: desde la ausencia de la providencia hasta el panteísmo. En el caso de Meslier la radicalidad es absoluta: Dios no existe, sólo existe la naturaleza.
Pero lo interesante de Meslier no pasa solo por su proceso de demolición de la religión cristiana, sino en su proposición de una vida hedonista que se diferencia de ese ideario. Meslier critica al matrimonio y elogia el contrato hedonista entre pares, así como incita al divorcio y la unión voluntaria: “Si dejasen a hombres y mujeres en plena libertad de unirse maritalmente los unos con los otros según sus inclinaciones y de volverse a separar a tono con su voluntad o cuando su inclinación los moviera a establecer otra unión, podemos estar seguros de que no se verían tantos malos matrimonios ni tantas discordías conyugales”. En algún sentido, Meslier comienza a esbozar una moral poscristiana desde el siglo XVII. El cura mantiene el estilo y el tratamiento de Montaigne en cierto carácter autobiográfico, pero también es más activo y poderoso en relación a la cuestión política: el cura incita, a la manera de Henry David Thoreau, a la desobediencia civil, rechazar el pago de impuestos y, al modo de La Boetie, quebrar la dinámica del poder a través de la insurrección: el que es gobernado o dominado, en primer lugar se deja gobernar o dominar.
Antes de la Revolución Francesa –hacia 1775- fueron condenadas a ser destruídas todas las copias y reediciones del Testamento de un cura ateo que circulaban en Francia, algo que siguió durante la Restauración. Finalmente, en 1864 un admirador de la obra se hizo acreedor del texto en tres tomos, y de allí en más, circuló por siempre.
El testamento es la toma de conciencia de un hombre simple, un cura rural que despierta frente al engaño en el que se fundan todas las religiones, y que hacen usufructo de la ignoracia de las muchedumbres. Es la visión de un cura que vivió en un tiempo duro en el que la injusticia, el despojo y las enormes contradicciones del cristianismo, lo sublevan para plantear el nacimiento de un proyecto nuevo. La copia de su testamento que deja en su propia parroquia antes de morir señala: “he visto y conocido los errores, los abusos, las vanidades, las necesades y las maldades de los hombres; los he odiado y aborrecido; no me he atrevido a decirlo en voz alta mientras viví, pero quiero decirlo al menos en la muerte y después de ella, por lo que registro aquí mis pensamientos, para que puedan servir de testimonio de la verdad a los ojos de cuantos vean estas páginas”. Si el testamento de Jean Meslier fuera solo un grito rebelde y silencioso contra la religión que lo formó no tendría la dimensión que aún mantiene pasados los siglos. El testamento de un cura ateo es un manifiesto político –escrito desde la intimidad-: una verdadera obra de filosofía libertina.
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