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Después de la Segunda Guerra Mundial la filosofía francesa se encuentra sumida en un debate entre tres corrientes centrales emergidas bajo el influjo de la recepción y el comentario de la Lógica y la Fenomenología de Hegel hecha por A. Kojève: por un lado, la fenomenología existencial, con las figuras determinantes de M. Merleau-Ponty y J. P. Sartre, por el otro, el marxismo y, finalmente, el estructuralismo. Éste último, comienza a tomar relevancia a partir del redescubrimiento y la recepción filosófica (francesa) del Curso de lingüística general (1916) de Ferdinand de Saussure. El estructuralismo, al derribar los presupuestos esenciales de la fenomenología y, en ella, de la filosofía de la presencia, se vuelve el sitio fontanal para toda formación filosófica de la posguerra. La visión estructural deviene de la crítica radical de la subjetividad legitimante moderna, y se vuelve la llave para la apertura hacia una filosofía libre de los presupuestos modernos aunque, de todos modos, mantenga el fuerte binarismo y el privilegio de la voz respecto de la escritura. Este panorama intelectual se mantiene con cierta continuidad hasta que emerge la primera generación filosófica nacida bajo el amparo de Mayo del 68’ entre los que se encuentra Jacques Derrida.
Jacques Derrida (El Biar, Argelia, 1930), egresado de la École Normale Supérieure, publica en 1967 tres textos fundamentales (La voz y el fenómeno, De la gramatología y La escritura y la diferencia), que delimitan la estrategia de lectura (no método) que será conocida como deconstrucción, a partir de la traducción al francés y apropiación del término husserliano Abbau y la noción heideggeriana de Destruktion presente en Ser y tiempo. Pero Jacques Derrida dedicó una gran parte de su vida a la enseñanza, y sus seminarios han sido hasta ahora un zona oculta e inédita de su obra. Recientemente, se han publicado los dos primeros tomos –que corresponden al último seminario que el filósofo dictó entre 2001 y 2003 en la École des Hautes Études en Sciences Sociales. En estos dos años Jacques Derrida inicia una investigación acerca de la «soberanía», de la ontología de su conceptos y sus figuras filosóficas y literarias, dentro de las cuales se encuentra la del animal. En el primer volumen, Derrida inicia su disertación tomando como disparador la fábula de La Fontaine, llamada El lobo y el cordero, en la que intenta reconstituir y reinterpretar las diferentes figuras animales de la política y de la soberanía, en la particular la del lobo. El filósofo argelino analiza –siendo fiel a su modo de lectura deconstructivo- las lógicas que organizan la sumisión de la bestia a la soberanía política.
En el segundo tomo, flamantemente editado, Jacques Derrida pondrá en relación dos textos a fin de proseguir con la misma interrogración: Robinson Crusoe de Daniel Defoe y el seminario de Martin Heidegger (1929-1930) sobre el animal. A partir de esta interrelación, el filósofo hace pivotear toda su reflexión sobre la palabra alemana Walten que inundará los textos de Heidegger a partir de 1935, y que designa una suerte de « fuerza o violencia originaria de soberanía ». Dice Derrida : « ¿Quién es la bestia y el soberano ? En mi computadora, el título del documento para este seminario es hei/foe (pizarra) y, como ustedes saben, foe, en inglés, quiere decir enemigo. El verdadero apellido de Defoe, era, en efecto, Foe : él se llamaba Daniel Foe, Daniel Enemigo ». Este tipo pasajes son representativos de las clases de Derrida que, hay que marcarlo, escribía puntillosamente, tal como sus libros. Pero también es significativo del tono del seminario y de las obsesiones del autor. La lógica de la amistad, de la enemistad, de la pertenencia, de la pureza o contaminación, serán todas cuestiones lindantes con la soberanía, con la nacionalidad, que obsesionan al pensador. Su propia traza de pensamiento muestra esa contaminación del « origen », su propia biografía –que narra en Circonfesión- marcará la problematicidad que siempre ha llevado en torno a su nacimiento, su lengua, su religión, su convivencia con otros cultos, algo que, de alguna manera, siempre fue el disparador de su permanente reflexión sobre el otro –siguiendo en esto a Levinas.
Ahora bien, en su lectura cruzada de Robinson Crusoe y Heidegger, el filósofo da cuenta de la soledad de Robinson y del estado del animal, que, según marca Heidegger : « es pobre en el mundo ». Esa pobreza, en rigor, es la incapacidad de acceso al ente, es decir, a la realidad. Esa privación, en algún aspecto, devela su soledad constitutiva, como la de Robinson. La cuestión será, para Derrida, ver como la soledad o la privación, es la condición de posibilidad para pensar lo soberano. En este sentido, la soberanía implica una violencia –de la palabra Walten- que requiere que alguien se coloque « afuera » de los demás –estar sólo- para poder garantizar la convivencia; en este aspecto, Derrida señala claramente en el primer tomo : « la bestia es el soberano ». Leyendo el Contrato Social de Rousseau, el filósofo demarca la específicidad del animal político señalado por Aristóteles. De allí se comprende mucho mejor la frase homo homini lupus –« el hombre es el lobo del hombre »-. Esto es : el soberano es la bestia mayor que tiene el derecho legítimo de prevalecer sobre los demás. Magnífica lección.