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(Artículo que publiqué en el Suplemento Cultural del Diario Perfil, 23/01/11)
La publicación de los Cuadernos de notas y consejos a los jóvenes escritores de Charles Baudelaire es un acontecimiento no menor y que nos pone frente a la cuestión de repensar los tópicos centrales de la poética baudelaireana. Aquí estamos frente a un conjunto de textos fragmentarios –prosa y poesía- compilados luego de la muerte del intelectual y dandy parisino que pueden verse como variaciones sobre textos centrales de su obra presentes en Los pequeños poemas en prosa -también conocidos como El spleen de París-, Los paraísos artificiales, El pintor de la vida moderna y Las flores del mal. Es menester decir, en primer lugar, que la gran novedad poética –y conceptual- que Charles Baudelaire imprime es la presencia de la modernidad urbana.
Lo real, para Baudelaire, se divide en dos cuestiones complementarias: por un lado, lo cotidiano de la ciudad, el mundo de las muchedumbres normalizadas y apremiadas por su discurrir alienado y consumo; por otro lado, el espacio de los parias, los solitarios urbanos, donde el dandy, como figura heroica urbana, genera su distinción en un mundo sin distinción alguna en términos de nobleza; en todo caso, se tratará de una aristocracia vital y hedonista en un mundo inexorablemente masivo. Esa será la clave -la vivencia de lo singular que se articula a través de una explosión vital- que se da a través del placer inducido. La vida, para Baudelaire, es la expansión, la fecundidad, el caos, el instinto animal multiplicado. Todo aquello que lleve a la generación de los placeres. Pero el acrecentamiento del placer, también puede conducir al exceso y al temor del daño.
Lo interesante de Baudelaire, entre tantas cosas, es su búsqueda de desaparición de la subjetividad –identidad- en otro yo, algo que se constituirá en la piedra angular del dandismo urbano de la París del siglo XIX. Efectivamente, Baudelaire es el artífice de la construcción de la diferencia de la personalidad, el yo moderno que se transfigura en otro. Baudelaire nos muestra en estos textos la separación de sí a partir del dandismo –la construcción y exhibición de la diferencia irreductible frente a la masificación urbana y productiva-, sea vía los paraísos artificiales –vino, hachís, opio, perfumes- o bien a través del fetichismo femenino que linda lo animal –la sangre de la concepción. En un momento dice el poeta: “La mujer es lo contrario del dandy. La mujer es natural, es decir, abominable. En consecuencia, es siempre vulgar”. En otro momento testimonia sobre su política: “¿Os imagináis un dandy que le hable al pueblo, si no es para injuriarlo?” El pensamiento de Baudelaire en estos textos nos retrotrae a los tópicos del El pintor de la vida moderna –el dandy, la mujer, la cosmética, la moda, el vino, los perfumes, su devoción por Edgar Poe-, pero realiza operaciones más que interesantes, en particular respecto del fetichismo homoerótico, que, de alguna u otra manera, siempre remite a la madre –presencia central y conflictiva en la vida del poeta, luego de la muerte de su padre-: “La atracción precoz de las mujeres. Confundía el olor de las pieles con el olor de la mujer. Me gustaba mi madre por su elegancia. Se puede decir que era un dandy precoz”. La mujer, para Baudelaire, no es una realidad física y corporal, concreta, sino un ídolo de belleza, una musa glacial, una diva intocable: una remisión a la matriz materna. De ahí su identificación fetichista.
Es marcado el apunte baudelaireano respecto de los consejos a los nóveles escritores donde señala la importancia de la alimentación y la regularidad para el trabajo diario, o el lugar cuasi nulo de la inspiración para dejar espacio a la voluntad y la conquista personal. También es maravillosa la sutil observación temporal para hablar del hedonismo: “La atracción del placer nos somete al presente. La preocupación por nuestra salud nos hace depender del porvenir”.
El pensamiento de Charles Baudelaire en su corta vida –1821 a 1867- excede la novedad literaria y poética de la modernidad del siglo XIX para transformarse en un real quiebre conceptual, antagónico a las grandes filosofías decimonónicas alemanas de su tiempo –Hegel, Fichte, Schelling-. Su concepción, lejana de toda dialéctica, reposa en un hedonismo artificial, una desacralización del idealismo y un afán de vitalismo. Baudelaire fue central para la filosofía de Nietzsche, quién veía en París un “laboratorio de la subjetividad”. Paradójicamente, el filósofo alemán nunca puso un pie en la ciudad luz, pero en todo su pensamiento procuró una nueva individualidad poscristiana; algo de este espíritu ya lo vemos en el texto del poeta titulado “Higiene. Conducta. Método”, donde Baudelaire cita al pensador norteamericano Ralph Waldo Emerson –también de mucha influencia en Nietzsche-: “Los grandes hombres han captado el terror de la vida y han fajado su energía para hacerle frente. La vida es la búsqueda de la fortaleza.” Esa procura de lo fuerte que en Baudelaire era acrecentamiento de vida, es uno de los rasgos más marcados de una poética cuya belleza sigue siendo única.
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