"Mi papel consiste en enseñar a la gente que son mucho más libres de lo que sienten, que la gente acepta como verdad, como evidencia, algunos temas que han sido construidos durante cierto momento de la historia."
Michel Foucault
Arte de vivir y estética de la existencia funcionarán, de este modo, como la contrafigura del efecto normalizador de la norma. La moral de Foucault, de esta manera, opera como una praxis filosófica sin normativas; una subjetividad constituida por el estilo, al hacer de la propia vida un objeto de conducción y gobierno. Esta plasticidad de la existencia es lo denominado estética. Esta moral anti-normativa o contra-prescriptiva se desarrolla como una estilística, que tal vez puedan conectarse con algunos planteos de los moralistas franceses del siglo XVII y XVIII (La Rocheaufoucauld o Montaigne).
Toda la filosofía de Foucault ha apuntado al estudio del cuerpo en situación, el cuerpo evidenciado en las prácticas, al cuerpo analizado en condición de coerción de la supuesta normalidad o naturalidad. Este cuerpo, puesto en primer lugar con Nietzsche, es lo sometido al esquema de las epistemes como a priori histórico, es decir, como material cambiante y mutable, no inmutable.
Este cuerpo que Nietzsche levanta al primer plano es objeto de la política y la fisiología, estos son los saberes que le fijan normas y terapias; la ética verifica esas relaciones cotidianas donde el poder se manifiesta. Este cuerpo, gobernado con técnicas de sometimiento (assujettisement), se manifiesta disciplinariamente por medio de la ciencia policial, en términos de Foucault, la biopolítica.
De manera que contra las prácticas cristianas (pastorales) o estatales, Foucault plantea a propósito de las técnicas del mundo antiguo, una técnica no normalizadora sino estética. Este principio también funciona como contrapoder frente a la normalización pastoral o estatal. Este individuo, entonces, debe autoaplicarse estas técnicas para evitar la coerción normativista.
El concepto de epimeleia heautou, presente en el Alcibíades de Platón da cuenta de este cuidado sobre sí, de este gobierno de uno mismo que funciona como un procedimiento de autoconstitución.
De modo que el filósofo es quien hace un trabajo sobre sí mismo, sobre su vida; esta exteriorización de la filosofía, que se revela como manifestación de la verdad, no es otra cosa que la parresía o franqueza de la vida filosófica. El sujeto es gobernado y normalizado o el sujeto se gobierna y estiliza. Los artes del gobierno se apropian de los modos de vida y “cuidan” al sujeto de acuerdo a determinada estrategia. Aquí el biopoder aparece claramente como acción contundente sobre la nuda vida, de acuerdo a los términos de Agamben, es decir, sobre la vida animal y física. Procurar artes de la existencia va en dirección al autogobierno del sujeto que no se deja “cuidar” por el modo de vida regente. Este puede verse como un ethos de la Ilustración pero sin esencia; un sujeto no universal, no identitario, sino autoconstituido. Algo así como un “kantismo sin Kant”. Un liberalismo no universalista sino plástico y mutante. De modo que la ética de Foucault, en cierto modo se funda en Kant, en cuanto a la prevalencia de la autoconstitución del sujeto, pero claro está, sin la pretensión universalista y decimonónica de la Ilustración.
Claramente, esta política del arte vivir en Foucault es post-revolucionaria, post-histórica. El poder, en tanto juego estratégico, no es malo sino omnipresente en toda relación. Esta es la dimensión agonal de la moral estética post-moderna. La moral de Foucault no parte de fundamentos, ni ideales, ni utopías, ni esencias, sino de las relaciones de poder. Esta ética sólo se sumerge en una nueva economía de las relaciones de poder, sin pretensiones de las disciplinas anteriores. Así como el poder no se reduce a la normativa, la ética no se reduce a la justicia.
El desafío de Foucault fue aspirar a una “normativa” que parta de los individuos y que no aspire a “normalizarlos”. Sólo esta “normativa” anti-disciplinaria es aceptable. Esto no será más que una ética como estética de la existencia.
La crítica a la mirada antropológica de la filosofía moderna que Foucault realiza en Las palabras y las cosas no es sino el primer fuerte rasgo de la arqueología de las ciencias; es decir, el mostrar la mutabilidad del fundamento. La noción de episteme, entonces, es una figura del saber, un espacio del saber, un a priori que hace posible la totalidad del conocimiento en determinada época histórica. El Sujeto moderno, objetivado en diversas prácticas (lenguaje, trabajo), es demolido para que un sujeto (con minúsculas) pueda surgir. La arqueología del discurso, en este sentido, analiza las relaciones entre las existencias individuales y las estructuras cambiantes y mutables.
Lo que nos dice Foucault desde el punto de vista ontológico a través del concepto de episteme, es que la realidad es producida y, por lo tanto, transformable. La historia es vista como la alternancia de diferentes formas de racionalidades, que en sí misma no tiene progreso, ni metas, ni destino. La visión de Foucault respecto de la historia es anti-teleológica. La inesencialidad es la “esencia” del hombre. Ahora sí, se puede comprender entonces “la muerte del hombre” como el nacimiento, en consecuencia, del “hombre post-histórico”. Y este hombre requiere de otra fundamentación ética. La muerte del Sujeto universal que se plantea en Las palabras y las cosas impide una ética asentada epistemológicamente sobre una sustancialidad y requiere prácticas efectivas en una historia abierta, caótica y modificable.
La idea de “programa de vida”, de delimitar la estética de la existencia aparece en la filosofía nietzscheana de un modo contundente por primera vez. De manera que la concepción de una ética desde un espacio perspectivista que Nietzsche plantea a través de la figura conceptual de Zarathustra y el Ultrahombre (Übermensch) libera a la filosofía del Sujeto moderno y a la concepción moral del deber.
La imposibilidad del origen, del retorno a determinado arche implica una ruptura del pensar representativo y amplía las posibilidades de proyección del sujeto post-histórico. La idea de cura o cuiado de sí que aparece en Heidegger pone en escena una conversión que, si bien implica un retorno o restitución a determinado ser auténtico que ha desviado su camino, en Foucault esta conversión del cuidado implica una modificación del ser del sujeto y revela su plasticidad mutante. Esta diferencia en torno al cuidado en Heidegger y Foucault hace a la concepción de la inquietud sobre sí mismo más una técnica o tecnología que se autoaplica al individuo que como regreso a determinada esencia. En este sentido, las tecnologías del yo serán los pilares de una estética de la existencia.
El estilo de la existencia implica un comportamiento táctico de la relación del Yo con los otros. Este comportamiento implica una resistencia; resistencia a un código universal obligatorio; resistencia a una codificación totalitaria moral. Para desarrollar esta moral de la resistencia y del esculpido es que Foucault recurre a los griegos y romanos, pero no vuelve a ellos. La ética griega es elitista; su error fundamental, de acuerdo a la mirada foucaulteana, es precisamente su carácter gregario e insular. La ética como estética, la ética de la forma, es abierta a todos.
La arqueología de Foucault se vale de las técnicas de la ética del estilo de la antigüedad pero sin ningún afán de aggiornamiento; en todo caso, para rescatar su valor de uso, su simbolismo, su estructura. De este modo es que distinguimos dos dimensiones: la material y la formal. La dimensión formal implica la relación del yo con sí mismo, con los otros y con la verdad. La dimensión material se despliega en técnicas o tecnologías del yo: la ascesis, los placeres, la estética de la existencia y la praxis de la libertad. La base, la sustancia inesencial del estilo de la existencia es la elección individual. El ethos es una cuestión personal, donde la elección prima por sobre todo. A su vez, esta estilística implica un arte del vivir donde el sujeto epistemológico (kantiana, ilustrado) es desplazado por la mirada arqueológica y el sujeto ético se mide en relación al poder y los juegos de poder. En definitiva, esta estilística de la existencia es una crítica a la normativa y a la normalización moral. Este sujeto postulado por Foucault, a partir de los griegos, es modificable y múltiple, plástico y mutante.
Uno de los primeros conceptos y fundantes es el de epimeleia heautou. Esta noción postulada en el Alcibíades de Platón básicamente remite a la conducción de uno mismo, el cuidado de sí y la autorreflexión. Si bien este cuidado de sí puede confiundirse con un Self Fashioning Foucault deja en claro que no se trata de un mero culto narcicista al yo. Más que narcicismo es atención a sí mismo. Este cuidado o inquietud de sí mismo se exterioriza por medio de prácticas de un arte de vivir. De esta manera es que la ética deviene en techne. Técnica de conducir la propia vida. Técnicas y ejercicios para practicar la vida. Foucault toma el concepto de techne tou biou que puede leerse como habilidad para conducir la vida. Esta técnica para vivir está dotada de medida y se basa en el aprovechamiento del momento oportuno. La técnica de la vida pone en tensión al yo con los códigos o el código moral dominante y universal. Y opera como una suerte de red antidisciplinaria.
Una ética como arte de vivir es una ética per se política que enfrente a la técnica del biopoder. Podemos verla, tal como Foucault lo manifiesta, como una forma de pesimismo activo y vigoroso. La techne de la vida es una nueva política del yo susceptible de sustraer al individuo de la estrategia del biopoder. La estrategia del biopoder es la estrategia del Estado que cuida al individuo siempre y cuando trabaje, consuma y no lo cuestione. El Estado “excusa” al individuo de su cuidado y lo hace por el mismo imponiendo su estrategia de biopoder y obturando una ética producto de la libre elección. La mayor revolución o subversión de la ética como estética de la existencia es retirar al Estado del cuidado del individuo operando un contra-poder a la normativa normalizadora del los Estado. El individuo se autoconstituye, se autoforma.
La ascética o askesis es otro concepto central en la práctica del arte de vivir. Esta askesis no es más que una ejercitación que aparece fuertemente en los cínicos, estoicos y epicúreos, como Epicteto y, particularmente, Musonio Rufo con su concepto de Gymnazein, ejercicio del cuerpo como rutina. La ascética es un ejercicio, una rutina repetitiva, una gimnasia física y moral. Esta noción como las antes planteadas llevan a una praxis de la libertad, una libertad empleada por el individuo como contra-poder. Esta práctica de la libertad, ejercitada como gimnasia moral y física, produce verdad, verdad manifiesta en la idea de parresía o hablar con franqueza, en nombre propio, tal como se expresa en el Laques de Platón.
Esta praxis de la verdad es constituida por la verdad como parresía, la vida es vivida como “escándalo” de la verdad (skandalon). Este proyecto de la liberación sigue la búsqueda nietzscheana de liberar al individuo del resentimiento de la experiencia y darle conciencia de su poder, de su carácter activo al vencer las resistencias de la realidad.
Estética de la existencia, entonces, es experiencia, elección personal y formación-transformación de sí mismo. Una transformación de sí ligada al saber y la verdad; algo que Plutarco llamaba la función eto-poética. Esta función es una forma estética de la vida. Una ética de la forma y no de la norma. Una ética ni trascendental ni universal sino perspectivista y modificable, mutable y cambiante. La ética de la forma se basa en la decisión personal, en la decisión del individuo que “decide” que le importa la vida. Esta vida decidida por el individuo implica una orden de prioridades, orden estructurado por un principio regulativo: el hegemonikon. Este principio regulativo es la belleza del existir: la coherencia de vida. Aquí se ve la herencia ilustrada, la visión más kantiana, claro está, sin el universalismo. Esta ética de la decisión y la coherencia individual es inmanente y superficial, no hay yo auténtico ni modelo moralizador. No hay imperativos categóricos ni normas, sólo coherencia de vida y poder-contra-poder.
En el arte de la existencia el hombre se inventa a sí mismo, se produce por medio de un trabajo, de una ejercitación moral y física; fundamentalmente, de artificio. La idea de yo policromado es lo que conecta a Foucault con el dandismo de Baudelaire. La vida del artista moderno, donde arte y vida van de la mano, es lo que define una existencia de artista. Algo continuado en las vanguardias, particularmente el dadaismo y fluxus: de Duchamp a John Cage. La propia vida es una obra de arte.
La idea misma de artes o artes del existir se funda en este modelo post-teleológico del diseño de uno mismo, de la formatio de los hombres. El diseño de la subjetividad es un paso más allá de la forma existente de hombre. Para “darle forma” a estas nuevas subjetividades es que tenemos artes o disciplinas que son los puentes de este cambio.
De este modo, una filosofía como arte del vivir no es tanto una ética privada o un hedonismo sui generis popularizado por la simpática figura del bon vivant sino, ante todo, una operatividad concreta y material a las estrategias normativas de las vidas y una política del cuerpo activa.
- DE LA NORMA A LA FORMA
La ética es formal. Las artes de la existencia obedecen a una “formalidad existencial”. Esta es una ética que resiste a la normativa. Pasamos, en este sentido, de la norma a la forma. De las tecnologías de la moral a las tecnologías del yo.
Esta ética de la forma, antinormativista y antidisciplinaria, apela al autogobierno. La norma al coercer las acciones de los individuos y excusarlos de su elección, de su decisión, priva al sujeto de su propio gobierno, de su autogobierno sobre sus acciones. La normativa estatal o religiosa sustituye el cuidado de sí por el cuidado del alma. La pastoral religiosa o la moral estatal intervienen en las vidas ajustándolas a conducirse bajo modalidades normativas del biopoder y la biopolítica. En este sentido, el liberalismo resulta el comienzo del autogobierno del individuo. Un liberalismo post-kantiano, sin un sujeto universal, pero liberalismo al fin. Un liberalismo que apunta a la autoconstitución del individuo, un individuo que se resiste a ser gobernado por “ellos”.
De modo que la tecnología del yo es una ética de la forma, la tecnología de la moral es una ética de la norma. Tal vez lo que haya buscado Foucault haya sido una normatividad sin normalización, sin normalidad. Al decir esto buscamos un sujeto modificable e inesencial. El sujeto se encuentra en continua transformación y mutabilidad. De manera que la estilística de la existencia son las formas que el individuo se proporciona a sí mismo en función de su capacidad de transformación. Ontológicamente hablando, el yo no es nada de antemano; el yo es una obra a crear, producir. Y esta producción del yo se manifiesta por medio de prácticas, técnicas y tecnologías como las que ya vimos.
La idea de que la ética de la forma parte de este sujeto plástico y mutante está dada por la relevancia que adquiere la elección personal en la configuración de la existencia. La elección opera como la acción libre entre los juegos de poder. Subsiguientemente, la elección personal de la existencia remarca y señala la actitud experimental del vivir: la figura del artista o las existencia artísticas, evidenciadas por medio de las artes de la existencia (lectura, escritura, erótica, gestualidad, amistad). Estas artes de la existencia forman y trans-forman al yo y a su relación con el otro. Las artes de la existencia enhebran una formalidad del vivir elegida libremente que opera como un nítido contrapoder a las normas universales.
Finalmente, podemos reconocer tres modelos de las prácticas de sí: el platónico de la reminiscencia, el helenístico que Foucault vindica dando cuenta de la autofinalización del sí mismo y el cristiano que implica la renuncia al sí mismo a través de la ascética. La apropiación del modelo helenístico que hizo el cristianismo convirtió a las askesis y las técnicas de los estoicos, cínicos y epicúreos en una renuncia al sí, cuando como devela el proyecto de la Historia de la Sexualidad, esta modalidad en verdad consistía en la autoconstitución del yo, en su estilización por medio de prácticas y artes de la existencia. El modelo helenístico partía de la regulae vitae, la regla de vida; regla y coherencia exteriorizada a través de los ejercicios.
La ética como estética de la existencia es una ética de la inmanencia que se da forma mediante ejercicios exentos de coacción; es una ética de la vigilancia, es decir, una permanente regulación y control del yo que no debe dejarse invadir por penas o placeres obsesivos; es una ética de la distancia pero no de la anacoresis, un tomar distancia de las cosas, una retirada auténtica que de perspectiva sobre los hechos y sobre el otro interlocutor. Subsiguientemente, la ética de la forma es una ética de la independencia, de la posesión del yo.
Esta ética de la forma que Foucault presenta a través de la arqueología de los conceptos de griegos y romanos, es la manifestación de que lo real es susceptible de mutación. Todo es susceptible de mutación. Somos más libres de lo que creemos ser. Tenemos más poder del que pensamos. La ética de la forma de Foucault es una lúcida tecnología para la conducción de nuestras vidas en los tiempos post-históricos que vivimos.
(pertenece a un libro inédito).
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