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La voluntad de saber (1976), 1° tomo de la Historia de la Sexualidad de Michel Foucault es el libro más importante en mi formación filosófica. El libro que más estudié, leí, releí, marqué, subrayé y analicé. El libro de filosofía que más influyó mi visión de mundo -junto a La genealogía de la moral de Nietzsche. Hay pocos textos de filosofía contemporánea que desplieguen mayor arsenal conceptual que lo que Foucault hace aquí. A grandes rasgos, nuestro filósofo realiza dos operaciones mayores: 1) un cambio radical del concepto de poder, 2) un análisis extraordinario sobre el dispositivo de la sexualidad de la modernidad -a partir del siglo XVII. De ahí en más Foucault es una máquina que no cesa en descargar conceptos: confesión, perversión, implantación, hipótesis represiva, ars erótica, scientia sexualis, literatura, cuerpo, biopoder, entre otros. Una máquina que literalmente da vuelta una concepción eto/política y marcará a diversas líneas de pensamiento que tomarán este texto como su insignia y bisagra: desde el deconstruccionismo a los estudios de género y gay, fundamentalmente en los Estados Unidos.
Dice Foucault (cito).
1.
Lo propio de las sociedades modernas no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra, sino que ellas se hayan destinado a hablar del sexo siempre, haciéndolo valer, poniéndolo de relieve como el secreto.
2.
¿Qué significa la aparición de todas estas sexualidades periféricas? ¿El hecho de que puedan aparecer a plena luz es el signo de que la regla se afloja? ¿O el hecho de que se les preste tanta atención es prueba de un régimen más severo y de la preocupación de tener sobre ellas un control exacto?
3.
No hay que olvidar que la categoría psicológica, psiquiátrica, médica, de la homosexualidad se constituyó el día en que se la caracterizó -el famoso artículo de Westphal sobre las "sensaciones sexuales contrarias" (1870) puede valer como fecha de nacimiento- no tanto por un tipo de relaciones sexuales como por cierta cualidad de la sensibilidad sexual, determinada manera de invertir en sí mismo lo masculino y lo femenino. La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma.
4.
Se dice con frecuencia que la sociedad moderna ha intentado reducir la sexualidad a la de la pareja, pareja heterosexual y, en lo posible, legítima. También se podría decir que si bien no los inventó, al menos aprovechó cuidadosamente e hizo proliferar los grupos con elementos múltiples y sexualidad circulante (...) ¿La familia del siglo XIX era realmente una célula monogámica y conyugal? Tal vez en cierta medida. Pero también era una red de placeres-poderes articulados en puntos múltiples y con relaciones transformables.
5.
La sociedad "burguesa" del siglo XIX, sin duda también la nuestra, es una sociedad de la perversión notoria y patente. Y no de manera hipócrita, pues nada ha sido más manifiesto y prolijo, más abiertamente tomado a su cargo por los discursos y las instituciones (...) Tal poder, precisamente, no tiene ni la forma de la ley ni los efectos de la prohibición. Al contrario, procede por desmultiplicación de las sexualidades singulares.
6.
Sin duda, pues, es preciso abandonar la hipótesis de que las sociedades industriales modernas inauguraron acerca del sexo una época de represión acrecentada. Se asiste a una explosión visible de sexualidades heréticas.
7.
Al convertir la confesión no ya en una prueba sino en un signo, y la sexualidad en algo que debe interpretarse, el siglo XIX se dio la posibilidad de hacer funcionar los procedimientos de la confesión en la formación regular de un discurso científico.
8.
El poder está en todas partes; no es algo que lo englobe todo, sino que viene de todas partes. Y "el" poder, en lo que lo tiene de permanente, de repetitivo, de inerte, de autorreproductor, no es más que el efecto de conjunto que se dibuja a partir de todas esas movilidades, el encadenamiento que se apoya en cada una de ellas y trata de fijarlas.
9.
La valorización del cuerpo debe ser enlazada con el proceso de crecimiento y establecimiento de la hegemonía burguesa: no a causa, sin embargo, del valor mercantil adquirido por la fuerza de trabajo, sino en virtud de lo que la "cultura" de su propio cuerpo podía representar políticamente, económicamente e históricamente tanto para el presente como para el porvenir de la burguesía.
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Dice Ldf.
Lejos de lo que se piensa, en La voluntad de saber, Foucault habla más sobre la lógica del poder que sobre la lógica de la sexualidad. Para comprender la lógica que se encuentra por detras de la formación de la sexualidades -la proliferación de lo que el filósofo llama sexualides periféricas-, debemos pensar la implantación del dispositivo que es condición de posibilidad de ellas. El concepto de dispositivo -tomemos a Deleuze o Agamben, sus mejor lectores- abarca tres atributos: 1) su procedimiento es símil al del ovillo o la madeja, el conjunto multilineal, 2) la operación del dispositivo emula una suerte de máquina que hacer hablar y ver, y también ocultar, por ende no decir ni ver determinadas cosas, 3) el dispositivo funciona por líneas de fuerza entrecruzadas. Estas tres cuestiones implican dos ideas de la filosofía: 1) el repudio de todo concepto de universales para comprender la subjetividad, 2) la aprehensión de lo nuevo. Foucault dirá que somos y obramos en ciertos dispositivos que nos cruzan, el dispositivo nos hace ser lo que somos -fuimos, esto es archivo- y lo que estamos siendo -el presente. Por ende, el dispositivo, nos pone en relación con la actualidad y lo virtual -la potencia-.
El dispositivo de la sexualidad, según Foucault, no está movido por la represión -la crítica a la hipótesis represiva tan presente en el discurso vulgar sobre la sexualidad, el "somos reprimidos"-, sino por la producción y la vocación de saber, de conocimiento -del deseo. Por una hermenéutica del deseo a través de ciertos indicios -primero a través de la confesión en el marco del poder pastoral de la Iglesia, luego a través de la medicalización de ese dicurso a partir del poder psiquiátrico. La aparición de las sexualidades periféricas, "perversas", es más bien la puesta en evidencia de la categorización y la medicalización -patologización- de esas prácticas a partir del siglo XVIII. De ahí, la definición de Foucault al demarcar que el homosexual como personaje conceptual existe a partir del siglo XIX; será el discurso que impone esa categoría -antes sodomita o invertido, como vemos en la literatura de Marcel Proust-. Y pasamos del plano del acto al plano de la conciencia, del alma. La misma operación lógica se ve en Vigilar y castigar (también, 1976), donde la lógica del castigo físico de otrora pasa a ser un castigo moral, y del "alma". Lo que será, en rigor, un "enderezamiento", una reeducación, una "moralización" de las conductas.
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