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El día de la presentación de mi único opus édito -Furia & Clase. Un dandy en el lounge-, Luis Chitarroni lamentablemente no pudo estar presente junto a Alejandra Quevedo y quien suscribe. Este es el extraordinario -y generoso- texto que Luis iba a leer en el evento.
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Furia&Clase, por Luis Chitarroni
Escribí el mes de agosto pasado una presentación demasiado larga sobre Furia & clase que hoy me cuesta recuperar. Tal vez al texto le convenga mi amnesia parcial. No es que F&C, cuando la leí, me provocara asombro. Conozco al autor, y la relación de lealtad entre la palabra escrita y quien la escribe no se modifica un ápice. LDF ha apostado a una solución que es en apariencia simple: la tragedia pueda atenuarse si la escenografía se empecina en disimularla. A partir de esta afirmación, los poderes mágicos operan: la novela deja de ser verbal, puede extenderse, expandirse en un dominio, como le gustaba a Burroughs, diverso, distinto: cultural, social, político, musical, cualquiera. Ninguno. La novela puede no operar: atascada, tarada hoy por la silbatina de significantes, por la lluvia bendita de significaciones que le restan – aquí, el presente—posibilidad, alcance (y hasta rechazo). Hace mucho que la solicitud de rechazo de una obra literaria no encontraba tanta dulzura, tanta quietud, tanta indulgencia. Y es que quienes teorizan sobre algo poco espectacular como es la novela cada vez teorizan menos. O, mejor dicho, cada vez teorizan peor. Piden lo que todos piden a sus anchas, mendigan desde una colonia de orfandad artificial muy cívica, muy satisfactoria, las reivindicaciones que de ninguna manera le corresponden a una obra literaria. Se pide tan poco a todo hoy. Al narrador que cuente, al ensayista que ensaye, al poeta que poetice. Un record en un idioma que supo tener una vez un tesoro como el de Covarrubias.
Vayamos a solas por la nuestra. Ojo, palabras. No siempre fue así. Y a empujones, pero no a la fuerza (la violencia tiene muy poco que ver con la agresividad), F&C va demoliendo uno por uno los presupuestos de la clase sabia –obstinada medianía- sobre los placeres y el lujo. Y es que la sabiduría de esa clase está dominada por la falta de imaginación; mejor dicho, por una expresión de cortedad avasallante. "Una tormenta de belleza o de pinta", en el lenguaje vulgar de cualquier aviso –o anuncio- publicitario pertenece a lo bajo (a lo bajo que no es lo oscuro). El recelo de los medios (no los que está de moda exaltar o denostar sino los medios como medianos no pugilísticos, los tibios mentecatos) coincide casi siempre con el deseo de repetirlo como parodia. Una parodia por odio, sí, no lo contrario. La solución es el staccato de la prosa de F&C (prestar atención, sobre todo, a los finales de capítulo): si las convenciones sociales dominan, es para curarnos de la indigestión que nos provoca la gastronomía –y, de paso, la filosofía— alemana. Mujeres tetonas tatuadas vienen a advertirnos con aliteración tolerada. Cumplen, de un modo muy poco ciceroniano, la función de ciceón órfico.
La actitud de Luis Diego Fernández es desde el comienzo adversa a la sinfonía de simplificaciones que hoy suena y ruega pidiendo que seamos sencillos y buenos, como las buenas gentes (léase, tarde, el "Cantar de las gredas en los ojos", de Osvaldo Lamborghini). En cualquier caso, y sin ruborizarse, acepta el peso de una tradición y no se hace ilusión sobre los resultados. No imposta, apuesta. Y las figuras del mundo van cayendo con toda su apostura, por apostasía. Así se conquistan, mal que les pese, los discretísimos mercados de la más que discreta cultura: con el acto reflejo de una genealogía de la moral, con el mal talante volcánico de un signo inventado. Furia&Clase rubrica de una vez por todas una complacencia que supo ser indócil, un epicureísmo a campo traviesa sin jactancia de heroico. Para asomarse a los placeres no es posible seguir corriendo la carrera de los mártires. Y aunque todo suene hoy con la sirena de la clase media, estamos sólo en el adagio: el avance de Furia&Clase, su soltura, ayuda a sostener las riendas de una virtud ajena al desmayo, Hay, además, un atletismo disimulado, del que suele esconderse para que el mundo se haga pedazos. Es que Narciso, huido del poema de Lezama Lima, puede pasearse a sus anchas en un paisaje devastado; nadie va a confundirlo con alguno de los emblemas, de los estandartes individuales que los elencos estandarizados de la farándula agota. Entre otras cosas, porque lo sostiene la sobriedad de su embriaguez. Giorgio Colli ha reflexionado ya sobre estas características contra lo híbrido, la sequedad sin forma de lo conceptualmente aceptado. "Para nosotros, los modernos, habituados a bebidas hasta demasiado definidas, y a fin de cuentas no demasiado perturbadoras, por lo menos en relación al espíritu, el Así hablaba Zaratustra resulta de verdad un ciceón y la naturaleza del que bebe está para decidir si es el de Démeter o el de Circe. Se impone como un modelo extraordinario de una vida ascendente donde la dicha incluso en medio de las angustias y las horribles pesadillas de la existencia, prevalece sobre el dolor y la ligereza sobre la pesadez , donde los sufrimientos, las sórdidas mezquindades , las limitaciones son redimidas por una esperanza más sublime , que deriva del descubrir que aquella dicha, aquella danza, son una realidad experimentada una vez por el hombre".
La actitud de Luis Diego Fernández es desde el comienzo adversa a la sinfonía de simplificaciones que hoy suena y ruega pidiendo que seamos sencillos y buenos, como las buenas gentes (léase, tarde, el "Cantar de las gredas en los ojos", de Osvaldo Lamborghini). En cualquier caso, y sin ruborizarse, acepta el peso de una tradición y no se hace ilusión sobre los resultados. No imposta, apuesta. Y las figuras del mundo van cayendo con toda su apostura, por apostasía. Así se conquistan, mal que les pese, los discretísimos mercados de la más que discreta cultura: con el acto reflejo de una genealogía de la moral, con el mal talante volcánico de un signo inventado. Furia&Clase rubrica de una vez por todas una complacencia que supo ser indócil, un epicureísmo a campo traviesa sin jactancia de heroico. Para asomarse a los placeres no es posible seguir corriendo la carrera de los mártires. Y aunque todo suene hoy con la sirena de la clase media, estamos sólo en el adagio: el avance de Furia&Clase, su soltura, ayuda a sostener las riendas de una virtud ajena al desmayo, Hay, además, un atletismo disimulado, del que suele esconderse para que el mundo se haga pedazos. Es que Narciso, huido del poema de Lezama Lima, puede pasearse a sus anchas en un paisaje devastado; nadie va a confundirlo con alguno de los emblemas, de los estandartes individuales que los elencos estandarizados de la farándula agota. Entre otras cosas, porque lo sostiene la sobriedad de su embriaguez. Giorgio Colli ha reflexionado ya sobre estas características contra lo híbrido, la sequedad sin forma de lo conceptualmente aceptado. "Para nosotros, los modernos, habituados a bebidas hasta demasiado definidas, y a fin de cuentas no demasiado perturbadoras, por lo menos en relación al espíritu, el Así hablaba Zaratustra resulta de verdad un ciceón y la naturaleza del que bebe está para decidir si es el de Démeter o el de Circe. Se impone como un modelo extraordinario de una vida ascendente donde la dicha incluso en medio de las angustias y las horribles pesadillas de la existencia, prevalece sobre el dolor y la ligereza sobre la pesadez , donde los sufrimientos, las sórdidas mezquindades , las limitaciones son redimidas por una esperanza más sublime , que deriva del descubrir que aquella dicha, aquella danza, son una realidad experimentada una vez por el hombre".
No está nada mal que Furia &Clase actúe como lo hace entre otras cosas para recordárnoslo.
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