
Hace ya casi dos años que me tatué la palabra "filósofo" en griego en el brazo derecho. Poco tiempo antes había escrito este texto que hoy posteo. Es como una continuidad de esa contundencia en mi pensamiento. Soy un filósofo y siempre lo seré, y puedo justificarlo; además, soy uno de los mejores.
¿De quienes me siento compañero de ruta? De aquellos intelectuales heterodoxos, excéntricos, anti-académicos pero de vanguardia, tecnológicos, cuestionadores pero hacedores, con capacidad de gestión, afirmativos, anti-conspirativos y sobre todo vitalistas. Pro-vida y no alabadores de la crítica, pro-diseño de alternativas. Refinados pero con gustos de las masas.
Algunos de ellos son, sin ningún orden:
Alejandro Rozitchner
Alejandro Piscitelli
Tomás Abraham
Jorge Asís
Nicolás Maquiavelo
Friederich Nietzsche
Epicuro
Marco Aurelio
Gilles Deleuze
Michel Foucault
Michel Onfray
Gilles Lipovetsky
Carlos Alberto Montaner
Guy Sorman
Tom Peters
Seth Godin
Nördstrom & Ridderstrale
Mark Dery
George Landow
Steven Johnson
Cíbergolem
Scott Lash
Howard Rheingold
Paul D. Miller aka DJ Spooky
Hervé Fischer
Immanuel Kant
Diedrich Diederichsen
Henry David Thoreau
Jacques Derrida
Guillermo Cabrera Infante
Thomas Friedman
Lawrence Lessig
Félix Guattari
¿Qué es un filósofo en el siglo XXI? ¿Un profesor e investigador académico, un escritor que vive de otras cosas, un funcionario público, un empresario “cultural”, un CEO de una compañía multinacional, un viajero solitario y recluido?
El filósofo del siglo XXI es, en cierto modo, un filósofo privado, como Spinoza, Nietzsche o Schopenhauer. El filósofo del siglo XXI no puede recluirse en los claustros sin pensar la digitalización ni las velocidades continuas de los cambios tecnológicos. No puede no pensar el mundo que le toca vivir, el mundo en el que surgió, el que habita.
La filosofía, en cuanto tal acabó, terminó. La filosofía como sistema, como construcción sistemática y maquinaria perfecta de un pensamiento perfecto pasó al olvido en el siglo XX. Hoy sólo se puede hacer historia de la filosofía o bien emprender otros territorios con otras cartografías, como bien decía Deleuze, empleando las herramientas que la filosofía nos proporciona. El pensar, después de todo, es una actividad que ya no está desligada con el actuar o interactuar en múltiples espacios. Se puede estudiar (historia de la) filosofía con fines personales para luego salir al territorio mejor predispuesto y formado. Para saber donde pararse, moverse y contragolpear; para actuar con determinación, valentía y elegancia como bien nos enseñan las tácticas guerreras del Hagakure de Yamamoto y El arte de la guerra de Sun Tzu.
Cada vez más se observa la aplicación de textos filosóficos a cuestiones por fuera de los claustros universitarios, como la empresa, los deportes o el arte. Ser el gerente de una empresa con formación filosófica implica inyectar a los negocios de otras corrientes de pensamiento que revitalicen las tácticas empresariales más allá del marketing o las estructuras prototípicas del managment. A la utilización ya clásica de Sun Tzu o Maquiavelo, se le suma Aristóteles (Política) e innumerables pensadores contemporáneos que escriben sobre la problemáticas filosóficas y empresariales simultáneamente, como Rafael Echeverría, el irreverente Tom Peters o Tomás Abraham. En este sentido, si el pintor debe trabajar con los medios audiovisuales y con las computadoras, ¿por qué el filósofo no debería estar en la empresa más que en la universidad? ¿Por qué el filósofo no debería ser parte de los medios de comunicación? Si la universidad es una institución antigua y obsoleta el filósofo debe buscar caminos alternativos a ella. Caminos que abran el pensamiento a otras áreas. Existe una filosofía del deporte (una ética deportiva), una filosofía empresarial (la empresa como concepto) que parten de la “contaminación” del filósofo con saberes como la economía, el managment o el marketing que a la gran mayoría de los filósofos académicos les resultan contranatura o insolentes de ser tratados.
El filósofo que Platón soñaba, del mismo modo que Kant, en tanto funcionario público o actor del Estado, hoy tiene que “irse por la tangente” e intervenir en la empresa. ¿Funky Business o Funky Philosophy? La filosofía como arma o táctica de negocios, dentro y fuera del sistema; colocando lo otro en lo propio. Pero también hay ejemplos contrarios, no de filósofos que van a la empresa sino de empresarios o inversionistas que van a la filosofía: George Soros estudió filosofía con Popper; Steve Jobs o Bill Gates también podrían resultar filósofos por el modo en que aplican conceptos a estrategias de crecimiento en sus compañías. Existen numerosos grupos creativos formados por filósofos que, en base a los requerimientos de empresarios, les dan armas para pensar de otro modo los problemas que tienen.
Es todo una cuestión de lucidez, de ruptura de ideologismos paquidérmicos: las empresas son conceptos realizados, son pensamientos con fines comerciales, como las estrellas pop son emociones con fines comerciales. Cada empresario desarrolla su política empresarial en función de una idea madre a partir de la cual se desprende la organización de su compañía. Eso, precisamente, es un concepto. Y la filosofía, como bien decía Deleuze, es creación de conceptos. El concepto de cultura en el siglo XXI es un concepto no sólo complejo sino transversal e interdisciplinario.
Si verdaderamente la filosofía quiere dejar su ombliguismo de lado, debe reformular ciertos preconceptos cristalizados sobre la sociedad actual sin por ello abandonar una mirada lúcida sobre lo real. La incorporación de egresados de filosofía en empresas o medios de comunicación debería verse como vías alternativas para la práctica filosófica que expandiera y revitalizara los círculos viciosos académicos. Diversos pensadores norteamericanos han abierto esos caminos que los academicistas miran con recelo. Es lógico que los miren desdeñosamente porque parten de una concepción de la filosofía como saber de pocos e inútil, elitista y cerrado sobre sí mismo. Son ellos lo que generan que la sociedad conciba al filósofo como un individuo extraño, rata de biblioteca y enrollado en problemas hipercomplejos o supuestamente complejos. Son ellos los que propician la idea de que la filosofía no sea más que “notas a pie de página”.
En definitiva, todo depende de la concepción que se tenga de la filosofía. De la claridad mental, que no es sino ubicación temporal y temperamento táctico. Si uno parte de la simple y sabia idea de que la filosofía debería tender a lograr una existencia más feliz y lúcida en la persona, entonces concibe a la filosofía como una disciplina activa y afirmativa y no meramente pasiva o exegética. La práctica filosófica que los academicistas defienden se remite sólo a la docencia y la investigación, nada más. Algo que no es nada malo en sí mismo, pero que se potenciaría más en el cruce con otras disciplinas y ámbitos, con otros territorios por fuera de las aulas y las bibliotecas. Para un academicista estricto, un filósofo contemporáneo debería dedicarse a leer todo tipo de fuentes, exponerlas y escribir sus investigaciones en papers que sumen puntos para su curriculum académico. Papers para ser leídos en congresos plagados de tedio e indiferencia. Verdaderamente, si a eso se le llama filosofía es una concepción extremadamente reducida y pobre. Si la vocación filosófica es real debe resultar como un arsenal o una caja de herramientas para la vida y las múltiples actividades del hombre. La filosofía como una práctica lúcida y vital, como de hecho lo era en la antigüedad. No olvidemos que la idea de la filosofía como sistema puramente teorético comienza con la escolástica medieval y no en Grecia y Roma que era una terapéutica, una ética, un ejercicio (incluso en Aristóteles) continuo.
Una vida filosófica, una existencia filosófica tiene esa maravillosa posibilidad de ser susceptible en cualquier lugar y tiempo. De uno depende lo que haga con todo ese bagaje de lecturas. De uno depende, de la lucidez que uno tenga en la aplicación de ese maravilloso instrumental. Uno puede recluirse en los claustros para vomitarse mutuamente con otros colegas lo que dice un filósofo x en una nota a pie de página o bien armarse de esas estrategias de conocimiento para expandirlas en cualquier ámbito de su vida, con el objeto de pulirla y estilizarla, volverla bella y plena de sentido.
La idea de la filosofía como disciplina forjadora de la lucidez en el carácter está íntimamente vinculada con la filosofía táctica y estratégica; la lucidez es inteligencia para saber pararse y tomar decisiones. Táctica y lucidez, como aptitudes para el perfeccionamiento de una personalidad viril y competitiva. En este sentido las enseñanzas del libro del Samurai de Yosho Yamamoto son terriblemente actuales y aplicables a la una filosofía táctica y práctica o a una filosofía empresarial. La idea base que recorre este pequeño libro de consejos e instrucciones para los futuros Samurais es muy similar al concepto estoico de no preocuparse por lo que no depende de nosotros y al mismo tiempo intentar modificar lo que depende de nuestra voluntad. Pero fundamentalmente, funciona como un ejercicio (del mismo modo que los de Séneca) de previsión de los acontecimientos. Esto tiene que ver con la lucidez en las acciones y en las prácticas cotidianas; con la capacidad de saber moverse con estrategia e inteligencia en función de lo que acontece azarosamente y que debemos sortear con valentía, dignidad y elegancia.
El Hagakure puede leerse como un manual de ejercicios filosóficos prácticos que permiten que veamos a la filosofía como una herramienta aplicable a múltiples situaciones y disciplinas de la vida; permite profundizar sus líneas de acción hasta llegar a hoy día. Pero fundamentalmente pinta al Samurai como el modelo tipológico de lucidez táctico y estratégica que debe cultivar las siguientes virtudes: fidelidad, inteligencia, compasión, valentía, elegancia, cultura e instrucción (caligrafía e historia).
El Samurai o el filósofo lúcido: aquel que sabe moverse en el territorio con brillantez.